Gabón: el nuevo destino turístico para los amantes de las drogas

Gabón no es un país conocido por su turismo; con la ayuda de una droga llamada iboga, es posible que esto cambie

De pie, esperando pasar la aduana del aeropuerto de Libreville, José Sáenz mira nerviosamente su formulario de visado. «¿Primera vez en Gabón?», «Sí». «¿Motivo de la visita?» Hace una pausa y luego escribe: «turismo». Probablemente sea más prudente que confesar la intención real de su visita: las drogas.

Este hombre de 42 años se está tomando un descanso de su esposa, hijos y empleo a tiempo completo en Nueva York como vendedor de muebles. Quiere olvidarse de todo y probar una de las drogas alucinógenas más raras y potentes del planeta, el iboga. La cultura bwiti, preponderante en Gabón, usa esta planta que ellos consideran sagrada con intenciones medicinales y como forma de contactar con sus ancestros. Sus supuestos ‘poderes mágicos’ atraen cada vez a más turistas provenientes de todos los rincones del planeta.

A los participantes en la ceremonia del iboga se les pinta la cara – Swiatoslaw Wojtkowiak
A los participantes en la ceremonia del iboga se les pinta la cara – Swiatoslaw Wojtkowiak

En realidad, muchos de ellos no podrían situar Gabón en el mapa. Este país del África central, del tamaño del Reino Unido, tiene solo un millón de habitantes y está repleto de bosques ecuatoriales; hogar de un sinfín de especies misteriosas, como peludos elefantes en peligro de extinción o extraños tipos de orquídea. Esto, sumado a su falta de infraestructuras e inversión, lo convierte en un país no demasiado atractivo para los turistas ordinarios.

Muchos de los extranjeros que visitan el país para iniciarse en el iboga se quedan en la casa de Hugues Poitevin. Este excéntrico francés, conocido por casi todos por su nombre de médico, ‘Tatayo’, vive en Gabón desde los años 70. Ostenta el honor de haberse convertido en el primer hombre blanco con permiso para ejercer de guía en la iniciación con iboga. «Un espíritu me obligó para que lo hiciera», dice tímidamente, sentado en el interior de su diminuta caravana de color púrpura y que ha convertido en su dormitorio.

Su casa en Libreville parece un cruce entre albergue juvenil y museo etnológico. Día y noche, caras jóvenes vagan entre tiendas de campaña y habitaciones repletas de libros polvorientos, fotos descoloridas y arte local. El templo está en el jardín. Allí se realizan los rituales, en el interior de una gran choza repleta de bancos frente a un altar decorado con estatuas bwiti e instrumentos musicales. Para Tatayo, la tradición es importante. Y cree que el turismo puede ser la clave para su conservación. «Cuando la gente viene con la intención de probar la droga, descubre también el país y la cultura», dice. Aparte de las ceremonias con iboga, este francés también ofrece visitas guiadas y talleres sobre la cultura bwiti.

Se dice que los pigmeos de Gabón descubrieron por primera vez el iboga en las profundidades del bosque, hace cientos de años. «El iboga ha sido un secreto muy bien guardado durante siglos», comenta el doctor tradicional, Paul Akouma, que aprendió los secretos del bosque de su padre y lleva una clínica basada en tratamientos a base de plantas medicinales. «Tienes que ganarte el derecho a poder aprender sobre él». Mientras que el iboga está clasificado como droga I en los Estados Unidos (al mismo nivel que la cocaína y la heroína), en Gabón es tan legal como el romero. Uno puede ver cómo crece en el patio trasero de Tatayo o a la entrada del Instituto Farmacológico de Libreville.

El primer paso de la ceremonia es una dosis de de inundación en la que se pueden tomar hasta 30 cucharadas – Swiatoslaw Wojtkowiak
El primer paso de la ceremonia es una dosis de de inundación en la que se pueden tomar hasta 30 cucharadas – Swiatoslaw Wojtkowiak

Antes de su consumo, la madera del iboga se seca y se deshace en pequeñas virutas marrones. Luego se deposita en una pequeña cuchara y se traga con algún líquido. Pero antes de tomarla, uno debe estar preparado. «El cuerpo debe estar limpio para que el iboga funcione», explica Tatayo. La preparación puede durar hasta tres semanas e incluye horas de canto, sentados en el interior de una pequeña tienda respirando humo e ingiriendo dosis muy pequeñas de la droga. Una vez que el cuerpo está purgado y la mente preparada para el consumo total, los turistas pueden realizar su primera ‘dosis de inundación’, que consiste en tomarse de 7 a 30 cucharadas de la droga; todo ello en función de la persona. Es ahí cuando empieza el verdadero viaje.

Tras su consumo, la mayoría de la gente se tumba en el suelo, entre sábanas, durante horas y bajo la atenta supervisión de las manos expertas de Tatayo y sus asistentes. Al contrario que la ayahuasca, la conocida droga alucinógena de Suramérica, cuyo efecto puede durar hasta cuatro horas, el iboga es más duradero, y hay casos en los que el viaje termina bien entrada la mañana.

La música es una parte crucial de la experiencia y acompaña todo el proceso hasta el amanecer. Algunas personas sienten que el efecto de la planta dura semanas, meses e incluso años después de haberla consumido. «La madera continúa trabajando en tu interior hasta que dejas de necesitarla», señala Tatayo.

Al día siguiente, tras la ceremonia, la casa está en calma y todo el mundo se mueve lentamente. «Es una experiencia diferente a todo lo que había vivido hasta entonces», dice Sáenz, que ya había tomado peyote y ayahuasca en 30 ocasiones. Todos los que la consumen afirman que la sensación es indescriptible, repleta de poderosas visiones y experiencias extracorporales. Acurrucado en un sofá cercano se encuentra un danés cincuentón. Señala que necesita tiempo para procesar lo que ha vivido y que de momento prefiere no hablar.

Dicen que las alucinaciones que produce el iboga te cambian la vida – Swiatoslaw Wojtkowiak
Dicen que las alucinaciones que produce el iboga te cambian la vida – Swiatoslaw Wojtkowiak

Más allá de las visiones, se dice que el iboga sirve para curar las adicciones. Parece ser que es muy efectivo para luchar contra la dependencia de la heroína y la metadona. Algunos estudios confirman que el consumo de iboga durante la abstinencia ayuda a paliar sus efectos sin convertirse en otro hábito. Aunque los turistas suelen acabar aquí para deshacerse de todo tipo de dolencias corporales y espirituales. «El consumo de iboga te cura a muchos niveles», dice Ana, una exadicta a la heroína que viene desde Filipinas, «además de mi adicción, mi vida estaba llena de otros problemas. ¡Gracias al iboga se han ido!»

Pero no todo el mundo acepta las supuestas bondades de esta planta. Gabón es un país profundamente católico y los curas llevan décadas advirtiendo sobre los peligros de esa ‘brujería tradicional’.

Por otro lado, la gente más cercana a la tradición bwiti teme que el espíritu de la ‘Sagrada madera’ se corrompa con el turismo. «A menudo, los occidentales muestran cero respeto por aquello que no entienden», dice el Dr. Akouma, «y aprender los secretos de los bwiti requiere años de reverencia y sacrificio».

De todas formas, parece que no hay riesgo de una atracción masiva debido al iboga. Al contrario que el peyote o la ayahuasca, las iniciaciones con iboga no tienen cuenta de Instagram, puntuaciones en Trip Advisor o grupos de descuento. Además, Google apenas arroja resultados en este sentido. Y no solo eso, el precio también es prohibitivo, lo que echa para atrás a mucha gente. Una ceremonia de iniciación para cuatro personas cuesta alrededor de 3000 $, sin incluir el vuelo. A esto se le suman las muertes que ha provocado. Aunque solo han sido solamente un puñado en las últimas décadas, y casi todas ellas porque los consumidores habían mezclado la planta con otras drogas, estos casos son más que suficiente para asustar a potenciales visitantes.

Pese a todo, el negocio de Tatayo está creciendo. En la actualidad hay dos occidentales más están siendo entrenados para llevar a cabo ceremonias de este tipo y, cada mes, se realizan muchísimos rituales con iboga a lo largo y ancho del país. «Si la gente no aprende a apreciar el valor de esta tradición, esta caerá en el olvido», dice Tatayo. Según él, las drogas son cultura y la «cultura solo puede preservarse si se comparte».