La gran aventura americana: historia de un road trip épico por Estados Unidos

Inspiración de viajes


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Las restricciones para viajar de Europa a Estados Unidos cambian en noviembre, y por eso los billetes a un montón de ciudades estadounidenses se están vendiendo como churros. Aprovechando la ocasión, nuestro redactor jefe se ha animado a contarnos un viaje que tiene grabado a fuego en su memoria: un road trip épico en el que atravesó 8 estados, conoció 8 ciudades y descubrió el verdadero corazón de EE. UU.

Entablé conversación con una chica llamada Becca cuando vi que se le caía un rollo de cinta aislante. No pude resistirme a preguntar por qué lo llevaba, sorprendido por que eligiera precisamente eso para meter en el equipaje. Resulta que es ideal para cerrar bien las bolsas de gominolas una vez abiertas. ¿Cómo no se me había ocurrido? Charlamos un rato (me contó que volvía a casa, a Phoenix, tras un programa de tres meses estudiando en Nueva York) y pasamos a ser una breve anécdota en la vida del otro antes de embarcar en nuestros respectivos vuelos.

Nueva York, estado de Nueva York

El puente de Brooklyn y la silueta de Manhattan desde Brooklyn Bridge ParkEl puente de Brooklyn y la silueta de Manhattan desde Brooklyn Bridge Park — Shutterstock

Llevaba en Nueva York cuatro días, aprovechando para conocer la ciudad antes de emprender el viaje con mi amigo. Era la primera vez que iba a Nueva York (y a Estados Unidos, en realidad), así que me dediqué a hacer las típicas cosas de turista y a callejear con curiosidad. Entré en el MET, fui a un par de conciertos, probé un montón de comidas y quedé con mi amiga Christina para tomar unas copas, que acabaron convirtiéndose en una noche de fiesta hasta las tantas. Y ahora allí estaba, sentado en la sala de embarque del aeropuerto de LaGuardia, con un ligero dolor de cabeza, pero bien por lo demás. O eso creía.

En el abarrotado bus de camino al aeropuerto, al calorcito de toda aquella gente, había estado sorprendentemente animado a pesar de todo lo que habíamos bebido Christina y yo la noche anterior. Sin embargo, la resaca hizo acto de presencia en cuanto embarqué en el vuelo a Charlotte. Me las arreglé para que el chico que viajaba a mi lado, preocupado al verme pálido y tembloroso, pensara que solo era miedo a volar y a las turbulencias constantes que nos acompañaron durante las dos horas de vuelo.

Atlanta, Georgia

Vistas de Atlanta desde Piedmont ParkVistas de Atlanta desde Piedmont Park — Shutterstock

Tras una breve escala para coger otro avión, beberme dos litros de agua y recuperar un poco el equilibrio en Charlotte, tomé un rapidísimo vuelo a Atlanta donde iba a reunirme con mi amigo Joe. Él era el motivo por el que estaba en Estados Unidos: habíamos compartido piso en la República Checa durante tres años, antes de que él se fuera a vivir a China un par de años. Ahora había vuelto a Atlanta y estaba a punto de irse a Denver para estudiar un doctorado. Su intención era ir hasta allí en coche, cruzando el país, y me preguntó si me apetecía el plan. ¡Imposible negarse! ¿Una oportunidad de viajar por ese lado de EE. UU. que no sale en las películas? No lo dudé ni un segundo.

Pasamos una semana en casa de la madre de Joe, quedando con sus amigos y familiares, comiendo ingentes cantidades de comida a la barbacoa y haciendo cosas que a mí me parecían de lo más americanas, como ir a un partido de béisbol de los Atlanta Braves. A Joe y a sus amigos les encanta el béisbol y, aunque yo no tenía ni idea, me acogieron con los brazos abiertos en su grupo. Con paciencia, amabilidad y quizás algo de incredulidad, pero siempre con una sonrisa, respondían a todas las preguntas simplonas que se me iban ocurriendo.

Pasamos un día viendo algunas de las cosas más grandes del mundo (World’s Biggest Things), una experiencia que merecía su propio artículo, fuimos una tarde a ver música en directo a un pequeño local llamado Eddie’s Attic en Decatur, y el último día lo pasamos descansando y preparándonos para la gran aventura.

Nashville, Tennessee

Un hombre con un sombrero de vaquero en Nashville, TennesseeUn hombre con un sombrero de vaquero en Nashville, Tennessee — Shutterstock

Salimos temprano con la intención de llegar a Chattanooga a la hora de comer. Además de la antigua estación de tren que inspiró una canción de Glenn Miller, no sabía nada sobre la ciudad, donde solo pensábamos parar a comer algo y seguir ruta. Y la verdad es que me fui sin conocer nada más. Solo sé que íbamos conduciendo por carreteras serpenteantes y colinas verdes cuando, de pronto, nos encontramos en lo alto de un peñasco con vistas a una resplandeciente ciudad en un recodo del río. Seguro que es un lugar maravilloso… ¡Pero no me acuerdo!

En realidad, íbamos de camino a Nashville. Habíamos decidido hacer noche para dividir la primera etapa del viaje y porque nos pareció un sitio interesante. Yo no las tenía todas conmigo, la verdad, porque me imaginaba Nashville como un sitio bastante tradicional, de cowboys, guitarras, bares llenos, y solo dos tipos de música: country y western.

Fue toda una revelación. Más que una noche, ¡podría haberme pasado allí seis meses! Por todos los rincones se oye música, y no solo country sensiblero como me iba temiendo. Rock ‘n’ roll, blues, bluegrass, folk… Sí, había country de toda la vida para tomarte unas cervezas en el bar, pero también baladas acústicas estremecedoras, y hasta rap y hip hop (¡quién lo iba a decir!). Había música en directo prácticamente en cualquier bar y a cualquier hora del día. Y a última hora de la tarde incluso resuena por los altavoces de Broadway. La vidilla nocturna y las grandes atracciones de la ciudad están por esa zona, en la misma Broadway o muy cerca de allí, y recorrerla durante el día nos pareció una buena manera de sumergirnos de lleno en la verdadera esencia de la ciudad. Bares por todas partes, tiendas de discos, instrumentos musicales, más bares, más discos, más instrumentos, y alguna tiendecita de botas y sombreros de cowboy. Vamos, estaba en mi salsa.

Nashville es mucho más que country y westernNashville es mucho más que country y western — David Szmidt

De hecho, hay tanta música por todas partes que deja el listón muy alto. Después de la caminata, me apetecía comer y tomarme una cervecita. Joe se había ido a visitar el Country Music Hall of Fame, que pintaba bien, pero no tanto como para animarme a pagar los 25 $ que costaba la entrada. Entré en un bar donde un grupo estaba tocando clásicos del rock ‘n’ roll frente a unas diez personas que no parecían especialmente interesadas. En cualquier otro lugar, esta banda sería todo un éxito, pero aquí quizás se diluía en la multitud de otros grupos similares. La canción terminó y aplaudí educadamente antes de darme cuenta de que era el único. Los asistentes eran, sin duda, familiares y conocidos, y todos se giraron para mirarme mientras el cantante me sonreía.

«¿Quién ha sido? Sí, tú, ¡el de los aplausos! ¡Muchas gracias! ¿De dónde eres?».

«Eh… De Inglaterra».

«¿De Inglaterra? ¡Mira qué guay! ¡Pues bienvenido a Nashville!».

Se pusieron a tocar de nuevo, esta vez «On the Road Again», y continuaron hasta terminar la primera mitad del repertorio. En el descanso, el cantante se acercó y me invitó a una cerveza. Mientras tocaban la segunda mitad de las canciones, el bar se iba llenando poco a poco y, de vez en cuando, el cantante se dirigía a mí como «mi primo inglés, el de allí atrás; ¡id a saludarlo, es muy majo!». Luego llegó Joe y pasamos la tarde con un grupo cada vez mayor de nuevos amigos a quienes jamás volveré a ver, pero que parecían muy buena gente, y cada vez más populares a medida que se echaba la noche. Como decía, estaba en mi salsa.

St. Louis, Missouri

Gateway Arch en St. Louis, MissouriGateway Arch en St. Louis, Missouri — Shutterstock

Cuatro estados en un día. No muchos pueden decirlo. Vale, eran Tennessee, donde ya estábamos, cruzamos brevemente al estado de Kentucky por su extremo más estrecho, pasamos a toda prisa por Illinois y finalmente llegamos a Missouri. Contado así, no parece para tanto, pero yo estaba emocionado.

Nuestra primera parada en St. Louis fue el increíble Jefferson National Expansion Memorial, más conocido como el Gateway Arch. Con sus 190 metros de altura, es el arco más asombroso que he visto jamás, y también el edificio más alto de la ciudad, de ahí que sea el símbolo de St. Louis. No íbamos a perdernos la experiencia de subir, así que nos metimos en una de las cabinas que te llevan hasta arriba, un poco claustrofóbicas y llenas de ruiditos. Arriba del todo hay un mirador interior con el techo tan bajo que teníamos que ir encorvados para no golpearnos la cabeza, pero las vistas merecieron la pena. A un lado, la ciudad con el estadio de béisbol de los Cardinals y vistas hasta el barrio de Midtown y la universidad. Al otro lado, el río Misisipi, con sus aguas tranquilas, marrones e imperturbables.

Nos alojamos en casa de Eileen, una amiga de Joe, una evocadora vivienda rodeada de árboles en una calle del siglo XIX. Comimos un menú típicamente estadounidense en un bar llamado Royale (¡sigue abierto, por cierto!) y nos fuimos a descansar para reponer fuerzas ante otro día en la carretera.

Abilene, Kansas

Un precioso amanecer en Abilene, KansasUn precioso amanecer en Abilene, Kansas — Shutterstock

Salimos temprano, pero solo un par de horas después decidí que Joe ya había conducido bastante y me ofrecí a ponerme al volante. Nunca había cogido el coche en Estados Unidos, pero Joe accedió sorprendentemente rápido. Por unos segundos, me planteé cómo le habría dado por aceptar mi propuesta, que con toda probabilidad nos conduciría a la muerte, a cambio de pasar un día o dos mirando tranquilamente por la ventanilla. Enseguida tuve que dejar de pensar en ello, porque toda mi atención estaba puesta en sobrevivir a aquellas intersecciones endiabladas, más grandes que muchos pueblos de Inglaterra. Sin embargo, las dudas enseguida volvieron a asaltarme. ¿Por qué había accedido a dejarme conducir? La respuesta a mi pregunta no era otra que la ciudad de Kansas.

No sería capaz de describir lo difícil, y a la vez tremendamente aburrido, que es conducir por Kansas. Un sol de justicia golpea el asfalto, churruscado hasta parecer casi blanco tras días y días de cielos despejados. El suelo resplandece, cegador, lo que empieza a levantarte un dolor de cabeza ligero, pero insistente. Hay muy poco tráfico, así que la única distracción es adelantar coches que luego vuelven a adelantarte a ti, y así hasta el infinito (en nuestro caso, el reincidente fue un Volvo granate), y contemplar el asfalto a lo lejos hasta que se funde con el horizonte.

Pasamos la noche en Abilene. Nos pareció un lugar agradable, con una calle principal, negocios locales y un ambiente generalizado de orgullo local. Joe confesó que no pensaba que este tipo de pueblos siguieran existiendo, que era como si hubiésemos viajado a los años 50. En cierto modo, tenía todo el sentido, ya que el hijo predilecto de la localidad no era otro que Dwight D. Eisenhower, que también está enterrado allí. Encontramos un par de habitaciones y descubrimos, para nuestra alegría, que justo se estaba celebrando la feria del condado. Había un desfile y luego… ¡tatatachán, un rodeo!

 

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Nunca había estado en un rodeo (no es que abunden en el centro industrial de las Tierras Medias de Inglaterra), y disfruté hasta el último segundo: desde las oraciones del comienzo para dar gracias a Dios y a nuestro patrocinador («Dickson’s Ford en Main Street, que nos ha cedido esta increíble camioneta pick-up F-150 como el gran premio de esta noche») hasta la profunda honestidad que se respiraba en la competición. Me quedé absolutamente fascinado con la maestría que demostraban los competidores, aplaudí a rabiar cuando alguien ganaba por los pelos, e incluso estuve a punto de caerme del asiento de la risa cuando, entre un evento y otro, los niños intentaban montarse en ovejas, algo nada fácil, por lo que acababan con la cara hundida en el barro. ¡Menuda noche!

Wilson, Kansas

Confusión al estilo checo en el Medio Oeste, en Wilson, en la capital checa de KansasConfusión al estilo checo en el Medio Oeste, en Wilson, en la capital checa de Kansas — David Szmidt

Empezamos el día con un gigantesco desayuno en un lugar llamado Sweet Daddy’s, regentado por tres mujeres, las propietarias, que tendrían unos 400 años en total. Eran de lo más alegres y dicharacheras. Al entrar, todos los clientes recibían el saludo de los comensales habituales, además de las propietarias, que saludaban con la mano, una sonrisa y unos cuantos chistes que seguramente llevaban ya unos años circulando. Pedimos la cuenta, pero no acababa de llegar. Cuando se lo recordamos, nos ofrecieron más café gratis y nos dijeron que invitaba la casa «por las molestias». Insistieron tanto que acabamos dejando el dinero bajo la cafetera para que lo encontraran cuando ya nos hubiésemos marchado. ¡No nos lo podíamos creer!

Joe intentando caminar hacia el horizonte, KansasJoe intentando caminar hacia el horizonte, Kansas — David Szmidt

Teníamos un objetivo: Wilson, la capital checa de Kansas. Teníamos curiosidad desde que encontramos un folleto sobre la ciudad en la oficina de turismo del estado. Como yo vivía en la República Checa y Joe también había pasado un tiempo allí, la verdad es que no pudimos resistirnos. Wilson es un pequeño pueblo de ganaderos, muy similar a otros tantos que hay desperdigados por las interminables llanuras de la zona. La gran diferencia es que sienten un enorme orgullo por su herencia checa, hasta el punto de que resulta entrañable y quizás un pelín cómico. Descubrimos que solo unos días antes se había celebrado el Czech Festival (¡una pena perdérnoslo!), pero nos encantó ver que estaban recaudando fondos para construir «el mayor huevo checo del mundo». Y parece que al final lo consiguieron. Para cuando leas este artículo, ya podrás encontrarlo en internet. ¡No hay nada como proponerse un objetivo!

Boulder, Colorado

Las Flatirons en un día perfecto en ColoradoLas Flatirons en un día perfecto en Colorado — David Szmidt

Las Montañas Rocosas tienen algo muy especial: es la única cordillera que conozco que aparece por sorpresa. Puedes estar viajando tranquilamente bajo un cielo permanentemente azul y, de pronto, aparece una nube. «Mira tú, ¡qué recuerdos!», pensarías. Y luego aparece otra, y otra. Poco a poco te va sobrecogiendo la sensación de estar dejando atrás un mundo o adentrándote en otro distinto, no sé muy bien cuál de las dos. Y luego, de repente, un nuevo paisaje. Un paisaje que nunca antes has visto: un muro de roca de dimensiones indescriptibles, antiguo, con vida propia, que te espera imperturbable, que te reta a acercarte si te atreves. Quién sabe qué pensarían los primeros pobladores al verlo.

Nos alojamos en casa de Chris, el primo de Joe, y nos levantamos temprano para pasar nuestra primera mañana bajo el sol resplandeciente y el paisaje de Colorado, digno de película. Nos dirigimos al parque de las Flatirons, una cadena montañosa, donde pasamos un día haciendo senderismo (y quemándonos un poco con el sol).

Boulder es una ciudad universitaria y se enorgullece de ser un poco más «europea» que otros lugares. Esto significa que hay más zonas peatonales en el centro, el transporte público no está mal, hay gente que se desplaza en bici y a pie, y la ciudad está repleta de arte urbano y músicos callejeros. Tenía todos los ingredientes para gustarme, pero algo no terminó de encajar. Me dio la impresión de ser, quizás, un lugar un poco pretencioso. A lo mejor esa no es la palabra. Era como si estuviesen a la defensiva, como si esperaran demostrarte que hacían las cosas como deben hacerse y, si no te parece bien, concluir que el problema lo tienes tú. No sé, no acabé de sentirme a gusto, pero quizás la vería con otros ojos si volviera a visitarla de nuevo.

Denver, Colorado

Larimer Street en Denver, ColoradoLarimer Street en Denver, Colorado — Shutterstock

Por el contrario, Denver me gustó. La llamada «Mile High City» (porque está a una altitud de una milla exacta sobre el nivel del mar) me pareció que aunaba muchas de las cosas que me gustaron de Estados Unidos. Denver no esconde sus símbolos estereotípicos (las camisas de cuadros y las pick-ups por todas partes), pero también es una ciudad artística, abierta y acogedora, y al mismo tiempo ambiciosa y progresista. Al contrario que Boulder, que parecía haber elegido exactamente lo que quería ser, Denver estaba abierta a todo.

Hicimos lo que, a estas alturas, hacíamos ya en todas partes: echarnos a andar, hablar con la gente local, ir a algún lugar de interés que nos llamara la atención y luego sentarnos a tomar unas cervezas. Cuando viajas, también se agradece un poco de rutina, especialmente si puedes llevarla a cabo igualmente aunque cambies de ciudad cada par de días. Una rutina te ofrece un referente en el que basarte a la hora de valorar cómo te sientes en un lugar.

Nos llenó de intriga un gran letrero donde advertía a los visitantes sobre qué cosas no deben hacer en Colorado los primeros días. Debido a la altitud, recomendaban evitar algunas actividades durante un par de días hasta que te acostumbraras al aire con menos oxígeno. Algunas de estas actividades eran, por ejemplo, la actividad física más intensa de lo normal, pasar demasiado tiempo al sol o beber alcohol. Llenos de orgullo, nos dimos cuenta de que habíamos hecho todo eso en nuestro primer día en Colorado, y aun así habíamos sobrevivido. Como superhéroes sin capa, nos premiamos con una cena especial y nos fuimos a descansar.

Por desgracia, la zona donde viven las serpientes de cascabel estaba cerradaPor desgracia, la zona donde viven las serpientes de cascabel estaba cerrada — David Szmidt

Condujimos hasta Red Rocks, un parque que se encuentra a unas 10 millas (16 kilómetros) de Denver, y pasamos un par de horas explorando los senderos entre las rocas (que son, como su nombre indica, rojas de verdad) antes de entrar en el anfiteatro. Sí, Red Rocks es famoso por su anfiteatro, excavado en un gigantesco acantilado natural, donde han tocado grupos de la talla de REM, Metallica, los Chemical Brothers y Radiohead. Esa noche, sin embargo, fuimos a ver la peli que había en cartelera: Parque Jurásico, la propuesta perfecta para una noche de verano, con vistas a un paisaje que no ha cambiado mucho desde la era de los dinosaurios. El público se sabía de memoria prácticamente todos los diálogos, y aplaudían y silbaban cada vez que un dinosaurio animatrónico se zampaba a alguien. Fue genial.

Epílogo

Y así, como si nada, se terminó el viaje. Joe había llegado a Denver sano y salvo, y a mí solo me quedaba volver a Nueva York y coger el vuelo de vuelta a la República Checa y a mi vida de siempre. Inicialmente, había planeado continuar hacia el oeste hasta la costa de California, pero mi cuenta bancaria y un mapa de Estados Unidos enseguida me hicieron ver que no era posible, al menos en esta ocasión.

Viajar por rutas poco turísticas en EE. UU. había sido una experiencia increíble. Conocí a gente encantadora, puse a prueba las ideas que tenía sobre el país, aprendí por lo menos una de las reglas del béisbol y descubrí que no hay nada más gracioso que ver a un niño de nueve años caerse de una oveja. Estoy deseando volver.

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