Liechtenstein es el segundo país menos visitado de Europa (solo por detrás de San Marino), con tan solo 80 000 visitantes al año. La sexta nación más pequeña del mundo es conocida por su riqueza, sus paisajes y su inusual estructura de gobierno (al menos para Europa), ya que se trata básicamente de una monarquía absoluta que un informe del Consejo de Europa de 2012 describió como «no compatible con el estándar europeo de democracia». Eso había que verlo.
Viajar a Liechtenstein y sus alrededores
La idea de viajar a Liechtenstein surgió cuando leí sobre una nueva ruta de tren nocturno de Praga a Zúrich
que pasaba casi rozando la frontera de Liechtenstein. Se lo comenté a mi amigo Joe, con quien viajo mucho, y decidimos que era una razón tan buena como cualquier otra para ir. Por supuesto, también era una buena oportunidad para escribir una guía sobre reservar y viajar en un trenhotel europeo
.
Cruzar la frontera — David Szmidt En realidad, para ir a Liechtenstein tendrás que coger el tren en dirección a Buchs (SG), que es como aparece en los carteles de la estación. (Las dos letras mayúsculas entre paréntesis indican el cantón donde se encuentra esa ciudad para evitar confusiones entre lugares que se llaman igual). Pero de Buchs ya hablaremos más tarde. Nada más llegar, puedes ver Liechtenstein al otro lado del Rin, y tienes la opción de ir a pie o en transporte público. Decidimos caminar, ya que el objetivo de nuestro viaje era comprobar si podíamos cruzar a pie un país entero en un día. La única ventaja de ir caminando es la emoción de poner un pie a cada lado de la frontera, porque la carretera no tiene mucho más. Lo mejor para ir de aquí para allá es comprar un pase de autobús de un día
. Por 12 euros podrás moverte libremente por Buchs y casi todo el territorio de Liechtenstein. Es bastante caro para solo un día, una buena muestra de que no es un país precisamente asequible. Lo cierto es que sí le sacamos partido: Liechtenstein no es un país grande, pero sí relativamente alargado. Esto significa que caminar de Schaan a Vaduz, aunque parecen estar muy cerca, lleva aproximadamente una hora.
Senderismo en Liechtenstein
La idea era cruzar el país caminando en un día, un plan que resultó bastante ambicioso por varios motivos: el clima, el terreno, el tiempo… Vamos, tres cosas importantes. Llegamos a Buchs a las 7 de la mañana, dejamos las maletas en nuestro Airbnb y echamos a andar hacia Schaan. Sobre el mapa parecía sencillo: cruzas el río y ya está. Pero en realidad nos llevó unos 40 minutos y no hacía buen día, que digamos.
Planken — David Szmidt Buscamos un sitio para desayunar (spoiler: lo único que encontramos fue una versión gourmet del supermercado Spar), y luego decidimos empezar nuestra ruta de montaña… Solo que las montañas estaban más lejos de lo que parecía. Al final, cogimos un minibús que nos llevó hasta la localidad de Planken. Éramos los únicos pasajeros y el conductor nos dejó al pie del sendero, lo cual fue un detalle por su parte. Planken es un pueblecillo con mucho encanto: se respira aire puro y reina un silencio sepulcral, perturbado brevemente por un coche con la ventanilla abierta desde el que retumbaban los escalofriantes acordes del Nothing Else Matters.
Atravesar Liechtenstein a pie no resultó tan fácil como parecía — David Szmidt El plan consistía en ascender unos 5 kilómetros por la ladera de la montaña hasta un refugio, y desde allí bajar hasta la frontera con Austria
. Sin embargo, en cuanto empezamos nos dimos cuenta de que la cosa no era tan sencilla. Nos esperábamos un camino empinado (por suerte, sabemos leer la elevación de los mapas), pero no que en algunos tramos tuviéramos literalmente que trepar con las manos. Encima, muy pronto nos encontramos por encima de la masa de árboles, rodeados de una densa niebla y muy poca visibilidad. Así que, al cabo de un rato, decidimos que no hay nada tan valiente como una retirada a tiempo y tomamos un sendero circular de vuelta. (Más tarde, también descubrimos que el refugio de montaña al que íbamos, donde queríamos comer, no abría hasta la semana siguiente, así que otra decepción que nos ahorramos). Una vez que descendimos un poco y dejamos atrás las nubes, las vistas eran espectaculares: campos extrañamente geométricos, pueblos compactos y los lejanos Alpes hacían que todo pareciera el paisaje isométrico de las versiones más primitivas del SimCity.
Schaan y Vaduz
Para cuando logramos bajar de vuelta a Schaan, se había puesto a llover y estábamos muertos de hambre. Pues resulta que, para comer en Liechtenstein, o llegas a la hora correcta o te quedas con las ganas. Vamos, que todo estaba cerrado a cal y canto. A pesar del contratiempo, como tengo un sentido del humor bastante infantil, no podía dejar de reírme por lo bajo al ver que tantos negocios llevaban el nombre de «Wanger» (se parece a una palabrilla malsonante en inglés, ¿y qué más quería yo que un chiste soez para quitarme el mal humor?).
El castillo de Vaduz (arriba a la derecha) estaba bellamente adornado con andamios — David Szmidt Decidimos coger otro autobús para ir hasta Vaduz a ver qué se cocía por allí. Respuesta corta: un pequeño estadio de fútbol, un castillo cerrado por reformas, una zona peatonal que bien podría haber sido Peterborough o Ipswich pero con relojes caros, sellos e inversiones en valores privados… Y poco más. La única recomendación gastronómica que nos dieron fue un lugar llamado New Castle al que fuimos a curiosear desde fuera, pero estaba vacío y era caro (incluso para los estándares de Vaduz). Cada vez llovía más y llevábamos dando tumbos más de media hora en busca de un lugar donde comer algo sencillo y reconfortante (schnitzel con patatas habría sido lo ideal), pero no hubo manera. Al final, nos subimos al autobús de vuelta a Schaan con la débil esperanza de encontrar allí algo que llevarnos a la boca. El Restaurant Rössle
no pintaba mal en las fotos, revestido de paneles de madera y adornado con jarras de cerámica, pero al entrar nos lo encontramos desierto, a excepción de una camarera muy sorprendida de vernos. El chef solo iba una hora al día, anunció, así que no había nada de comer. Que si queríamos beber algo. No, lo siento, es que necesitamos comer algo. ¿Hay algún otro sitio abierto? «Pues… Sí, quizás haya un sitio en Vaduz… Se llama New Castle». Madre del amor hermoso. ¿No hay nada más en tooodo el país? Nos miró con una mezcla de risa y pena: «Lo siento. A ver, es que esto es Liechtenstein». Y tanto.
Epílogo: De Liechtenstein a Suiza
Castillo de Werdenberg y su lago — David Szmidt Cuando estás en un sitio donde lo más interesante que puedes hacer un viernes por la noche es ir a Suiza, la cosa pinta mal. De vuelta a Buchs, paseamos por las minúsculas callecitas que rodean el castillo de Werdenberg y su lago, y acabamos rindiéndonos ante un bar poco prometedor llamado Luxor
. Éramos los únicos clientes, pero el interior era mucho más agradable de lo que parecía desde fuera, y el gerente era un hombre muy dicharachero que elaboraba una cerveza especial para su pub. Nos ofreció una pizza casera con base de nata y recubierta de queso sobre un pretzel gigante. La cerveza estaba bastante buena, aunque no se podría decir lo mismo de la pizza. También era la segunda vez que escuchábamos «Nothing Else Matters» ese día. Ni tan mal.
Por lo menos, David y Joe acabaron encontrando una buena cerveza — David Szmidt
Al día siguiente nos íbamos a pasar un par de días a Múnich . Después de la lluvia, el día amaneció soleado (un clásico) y pudimos ver con claridad nuestra ruta de senderismo por la ladera de la montaña. Habíamos hecho bien en dar media vuelta, porque más adelante había nieve y no íbamos bien preparados. Eso nos animó un poco, la verdad. En un día en el que no conseguimos hacer absolutamente nada, también se nos habría torcido el único plan concreto que teníamos. Echando la vista atrás, creo que fracasar de manera tan estrepitosa a cada paso no es tan fácil, así que me lo tomo como una victoria. Gracias, Liechtenstein. ¿Te ha gustado este artículo? Más información en Kiwi.com Stories .










