Tesalónica: la relajada estrella del norte de Grecia

La antigua ciudad griega de Tesalónica tiene muchas caras; no importa si estás buscando fiesta, aprender de historia o flotar suavemente en el mar Egeo.

Tesalónica, situada en la costa norte del mar Egeo, es toda una maravilla de ciudad.

Cuando pisé el asfalto, sentí cómo el calor se adueñaba de mi cuerpo. Saber que estaba de nuevo en Grecia me hacía feliz. Ya había estado un puñado de veces antes, sumergido en esa sensación de relajación y ensoñación que siempre me deja. Sin duda es un país mágico, y sus gentes, además, si respetas su cultura, te acogen incondicionalmente como a uno más, no como a un mero turista.

La Torre Blanca es una reliquia del Imperio bizantino – Aivita Arika / Shutterstock Tesalónica
La Torre Blanca es una reliquia del Imperio bizantino – Aivita Arika / Shutterstock

Tesalónica no parece una ciudad griega, de hecho, hace tan solo 100 años a duras penas lo era. En 1890 solo el 13.5 % de su población era griega. Los judíos copaban el 46.5 % de sus habitantes, mientras que un 22 % eran musulmanes, en su mayoría procedentes de Turquía. Poco antes de la Primera Guerra Mundial I, la población griega de Salónica, como entonces se conocía, eran solo una cuarta parte del total.

Con sus grandes bulevares y plazas abiertas, Tesalonica está más cerca de una Budapest meridional y náutica que de la ruidosa y vibrante Atenas.  Con toda probabilidad, este es el legado que los judíos que la poblaban dejaron en ella. Y es que los judíos de la ciudad fueron aniquilados por los nazis… Pero aunque ya no estén, su presencia se sigue sintiendo.

En su momento fue todo un emplazamiento cultural, y en ella permanecen vestigios de los Imperios otomanos y bizantinos. Aunque las guerras de los Balcanes, a las que siguieron dos guerras mundiales, devastaron la ciudad. La violenta conflagración de los Balcanes, todo un preludio de la Primera Guerra Mundial, provocó la salida de la población búlgara así como de miles de musulmanes mientras que la ciudad pasaba a ser, de forma inesperada, dominio griego.

Las guerras de principios del S.XX provocaron una superpoblación en la ciudad debido a que cientos de refugiados griegos que llegaron a ella desde Asia Menor y Bulgaria. En 1917, un gran incendio devastó la ciudad que ya de por sí estaba bastante hundida. Posteriormente, estalló la guerra entre Grecia y Turquía que duró de 1919 a 1922 y, en la cual, Grecia, impulsada por Gran Bretaña, se comprometió a conquistar grandes extensiones de Asia Menor. Los turcos respondieron enfurecidos a las órdenes de Ataturk. Esmirna fue borrada del mapa y reinventada como Izmir, mientras que, la políglota Salónica pasó a ser conocida como la Tesalónica griega.

Tesalónica es una ciudad en la que los calamares y el ouzo van siempre de la mano – Shutterstock Tesalónica
Tesalónica es una ciudad en la que los calamares y el ouzo van siempre de la mano – Shutterstock

A pesar de ser un lugar con un pasado milenario, Tesalónica es muy dinámica y joven debido, en parte, a su universidad. Los griegos son los geordies del mediterráneo, es decir, sentimentales, amantes de la fiesta y muy hospitalarios. Además, es la segunda ciudad más importante del país, aunque mundialmente pasa bastante desapercibida si la comparamos con su capital o el sublime atractivo de sus islitas.

Pese a ello, Tesalónica ofrece una experiencia griega más completa, repleta de bares muy agradables y una gastronomía hipnótica. Está dominada por ese espíritu y optimismo de las grandes ciudades portuarias. Todos los caminos llevan hasta la playa, donde puedes cenar calamares acompañados de un buen ouzo mientras te dejas llevar por la contemplación del mar. Con una población de 370 000 habitantes, y repleta de asombroso arte y una frenética vida nocturna, no se me ocurre un mejor destino en Europa para un vuelo low-cost.

Mi primera comida en Tesalónica es en el legendario restaurante Devido, donde los mostradores exhiben carne a la parrilla, ensaladas, tzatziki y paprika. Así es cómo debería ser la comida rápida y la prueba viviente de que, cuando se hace de este modo, no tiene por qué afectar a la salud de nuestros hijos.

Los “gyros” griegos y el souvlaki pueden tener mala fama debido a que se asocian con los grasientos “döner kebab”. Sin embargo, son una obra maestra de la carne de cerdo, pollo o cordero marinadas, a la plancha o a la brasa, aderezadas con una increíble ensalada y acompañadas de pequeñas porciones de queso feta, una salsa ahumada de berenjena y, por supuesto, su buena ración de patatas fritas. Son un símbolo nacional a la altura de la Acrópolis.

Tras la comida, visito la Galería de Arte Municipal, una hermosa pieza de arquitectura ecléctica en el centro de la ciudad, barnizada por una trágica historia. Fue construida a principios del S.XX por Dino Fernández Díaz, un industrial italojudío. El lugar pasó a manos de su hija Alina, que se casó, en contra de los deseos de su familia, con un cristiano de baja clase social. Sin duda, ejemplo de que existió una época en la que el amor traspasaba fronteras, antes de que la locura y el salvajismo se hicieran dueños de Europa otra vez.

 Casa Bianca se convirtió en 2013 en parte de la ampliación de la Galería de Arte Municipal – Tilemahos Efthimiadis / Flickr Tesalónica

Casa Bianca se convirtió en 2013 en parte de la ampliación de la Galería de Arte Municipal – Tilemahos Efthimiadis / Flickr

Cuando los nazis tomaron Salónica en 1941, confiscaron la propiedad. La familia de Alina voló a Italia, donde fueron asesinados por las SS; sin embargo, tanto Alina como su marido sobrevivieron a la guerra. La mansión en sí misma no es un lugar triste, sino extrañamente optimista. Las ventanas son grandes y generosas, lo que hace que las habitaciones estén repletas de luz. Ahora está inundada de aquel arte que los nazis que mataron a su familia querían destruir. Al visitar el lugar sientes que Alina estaría orgullosa del nuevo papel que tiene la casa, o al menos eso sentí yo cuando la recorrí para disfrutar de una exposición de obras de grecoaustralianos. Es un moderno, alegre y animado emplazamiento cuya visita recomiendo totalmente.

Todo ello está bastante lejos de mi lujoso alojamiento. Me hospedo en una habitación del Met Hotel, en el muelle, una visión de madera oscura y terciopelo marrón. Es un desvergonzado hotel griego que no termina de encajar con la histórica Tesalónica. Pero es tan acogedor, tranquilo y relajado que se hace irresistible para una primera copa antes de salir en busca de fiesta.

El confortable restaurante Chan del Met Hotel es el lugar perfecto para una copa previa a la fiesta – The Met Hotel Tesalónica
El confortable restaurante Chan del Met Hotel es el lugar perfecto para una copa previa a la fiesta – The Met Hotel

Lo mejor del hotel es el restaurante Chan, que ofrece una cocina fusión grecochina; sus resultados son mucho más armoniosos de lo que te puedas imaginar en un primer momento. El restaurante es misterioso y sexy, lo que lo hace ideal para los que buscan emociones fuertes. Sin embargo, si como yo sufres de una pésima visión nocturna y corres el riesgo de liarla con tu acompañante al pedir una bomba de chocolate, no es la mejor opción.

Es todo sensualmente negro; el tipo de lugar en el que esperarías ver a Batman jugueteando por debajo de la mesa con los pies de Catwoman mientras degusta un pato crujiente con bolas de chocolate y caramelo de mantequilla espolvoreado por encima. Además, dispone de una piscina en la azotea, así como de un bar con DJs y vistas increíbles de la ciudad, el mar y el Monte Olimpo; todo ello lo convierten en el lugar perfecto para el hedonismo y el despilfarro inconsciente de dinero.

Si continuamos investigando, nos topamos con el bar gay Enola, que no creo que a los visitantes japoneses les haga especial gracia. Sin embargo, es un lugar cálido e irreverente, con un montón de transexuales gigantes que se divierten sin complejos. Las risas están garantizadas en este lugar, ideal para dejar tus problemas a un lado durante un rato.

El bar lo frecuentan tanto chicas como chicos heterosexuales y homosexuales, y en él beben, bailan o flirtean de un modo feliz y desenfadado, sin prejuicios ni malos rollos; lo cual me parece fascinante, pues es algo que es difícil de ver en el resto de grandes ciudades europeas. A lo largo y ancho de la barra cercana a donde bailo, hay como siete carteras y cinco teléfonos móviles. Son objetos que se han perdido entre el jolgorio del lugar. Si yo fuese un mal tipo, podría aprovechar la situación para llenarme los bolsillos. Pero no lo hago. Grecia es un país que a priori exprime hasta el último euro, porque la situación económica es difícil, pero nadie roba a su vecino.

Las ruinas bizantinas de la zona vieja de Salónica han sido objeto de innumerables invasiones – SIAATH / Shutterstock
Las ruinas bizantinas de la zona vieja de Salónica han sido objeto de innumerables invasiones – SIAATH / Shutterstock

Al día siguiente cojo un tour por la zona vieja de Salónica, en lo alto de las colinas, por encima de la ciudad, recorro los muros que han tratado de frenar incontables invasiones, pero que ahora descansan pacíficamente junto a la bahía en la mañana de un brillante y resplandeciente domingo. Aquí fue donde los primeros refugiados, expulsados de Asia Menor, llegaron y ocuparon las casas de los turcos y búlgaros que se habían ido.

Es la zona más completa de esta ciudad, a menudo arquitecturalmente inconexa. Es posible que la situación actual de Tesalónica se explique por la reticencia de sus habitantes a conservar elementos del pasado, refundándola así con una ciudad internacional, atemporal y sin lazos con ningún país en concreto.

Le pregunto a mi guía, Elina, si hay algún tipo de conexión entre la gente joven de Tesalónica y la antigua Salónica. No creo que se nos haya enseñado la historia de este lugar con demasiada honestidad, y no solo aquí, también en Turquía,» dice «pero ya va siendo hora.»

Elina ha participado en todo tipo de programas de intercambio cultural con Izmir, hermana de Tesalónica en el sufrimiento. Así como Tesalónica fue en su momento Salónica, Izmir fue Esmirna. Esta última fue todo un símbolo de Grecia, llegando incluso a ser más importante y próspera que la propia Atenas en la etapa previa a su destrucción. Además, gran parte de lo que conocemos como comida, cultura y tradiciones tesalónicas son en realidad esmírneas. Y al revés, mucho de lo que se encuentra en Izmir proviene de la vieja Salónica. Ambas ciudades intercambiaron a los residentes que no deseaban y borraron su memoria colectiva. Me parece realmente triste y me encantaría poder visitar de alguna manera estas dos ciudades perdidas.

Más abajo, en la hermosa Hagia Sofía, inspirada en la Hagia Sofía de Estambul, observamos turistas rusos y búlgaros que se detienen para rezar. Pese a la destrucción, este lugar todavía desprende una atmósfera de los viejos Balcanes y los Imperios bizantinos y otomanos.

La Hagia Sofía es considerada patrimonio de la humanidad – eFesenko / Shutterstock
La Hagia Sofía es considerada patrimonio de la humanidad – eFesenko / Shutterstock


La Hagia Sofía ha cambiado de iglesia a mezquita tantas veces como Tesalónica ha cambiado de identidad a lo largo de su historia. Cada ocupante gusta de pensar que el lugar es solo suyo, pero la antigua Salónica es libre y solo pertenece a sí misma. Tomamos el almuerzo en el maravilloso Myrsini, situado cerca de la Torre Blanca, el mejor restaurante cretense de la ciudad. Y no lo digo por decir, pues la mayoría de los griegos consideran que la gastronomía cretense es uno de los bienes más preciados de su país.

Si vienes por aquí, pide la especialidad del chef o el famoso conejo cretense. Las albóndigas de cordero en tomate y orégano son de lo mejor que he probado, e incluso superan a las albóndigas que he comido en España. Myrsini es también famoso por su raki; y su rakomeze incluye raki acompañado de seis generosas tapas por tan solo seis euros. Comida increíble a un precio impresionante.

La última tarde la paso deambulando por la amplia y magnífica bahía, donde picoteo algo de marisco y encurtidos. Allí atravieso el mar Egeo con la mirada hasta encontrarme con Turquía; es un mar voluble que ha sepultado en los últimos tiempos a muchísimos refugiados que escapan de Siria. La última y brutal huida de población en esta parte del mundo. Tesalónica lo ha vivido ya demasiadas veces.

Ceno al aire libre en un precioso restaurante con el que me tropiezo por casualidad y que responde al nombre de Rouga. Allí disfruto de pollo cocinado con champiñones, salvia y coñac. Como en cualquier otro lugar de Tesalónica, el servicio es impecable. La amabilidad, la sinceridad y la honestidad serán lo que me venga a la mente cada vez que piense en este lugar en el futuro; una ciudad que apenas conozco, pero que ya amo y a la, incluso antes de irme, ya estoy pensando en volver.