Un safari asequible y “self made” en Sudáfrica

A veces la mejor manera de ver animales es ir a lo salvaje

Si digo “safari”, probablemente pienses en grupos de personas blancas y adineradas gastándose miles de euros para adentrarse sin pudor en la Sabana, acechando manadas de cebras con sus prismáticos y sus todoterrenos,  olestando a un león hasta hacerlo rugir.

Con más de dos millones de hectáreas de extensión, el Kruger presume de ser un territorio con una inigualable diversidad de formas de vida — Alba Muñoz A veces la mejor manera de ver animales es ir a lo salvaje Kruger
Con más de dos millones de hectáreas de extensión, el Kruger presume de ser un territorio con una inigualable diversidad de formas de vida – Alba Muñoz


Existen, sin embargo, otros modos de hacer safari. Como el que pude experimentar junto a mi pareja en Sudáfrica. No teníamos ni presupuesto, tampoco ganas de convertirnos en una de esas personas que ocupan la naturaleza, que la apartan, para obtener una postal. Sin embargo, nada nos emocionaba más que la posibilidadde ver a todos esos animales majestuosos en libertad, de sentir que estábamos en su territorio.

Aterrizamos en Johannesburgo en pleno mes de julio. La capital está relativamente cerca de uno de los parques naturales más grandes e importantes de todo el continente africano, el Parque Nacional Kruger, que además hace de frontera natural de Sudáfrica con Mozambique en forma de Cordillera.Con más de dos millones de hectáreas de extensión, el Kruger presume de ser un territorio  on una inigualable diversidad de formas de vida.

En él habitan centenares de especies y manadas de grandes mamíferos que la mayoría de nosotros sólo hemos visto en documentales, y cuya espectacularidad  fiereza solo podemos imaginar.

Para llegar hasta el Kruger optamos, también, por la opción que nos pareció más asequible e interesante — Shutterstock A veces la mejor manera de ver animales es ir a lo salvaje Kruger
Para llegar hasta el Kruger optamos, también, por la opción que nos pareció más asequible e interesante – Shutterstock


Además de las tradicionales visitas guiadas en todoterreno, ya sea en vehículos compartidos con otros visitantes del parque o contratando en una ruta privada con un tracker o un biólogo (la opción más cara), el parque sudafricano ofrece una sorprendente tercera posibilidad —lo que bautizamos como un “safari self made”— por el precio de 55 euros por persona. Con esta tarifa podíamos pasar la noche en las inmediaciones del parque y entrar a la mañana siguiente solos, en nuestro coche alquilado. El Kruger sólo ponía una norma: prohibido salir del coche y de la carretera asfaltada o de los caminos Trazados.

Para llegar hasta el Kruger optamos, también, por la opción que nos pareció
más asequible e interesante. Alquilamos el coche en el aeropuerto de Johannesburgo y nos embarcamos en un trayecto de 350 kilómetros hasta la una de las muchas puertas oficiales del parque, la Orpen Gate, por la carretera N4.

Queríamos llegar al Kruger en un solo día y elegimos la ruta más rápida, la que pasa por Nelsbruit y Hoedspruit. Este camino no es el más recomendable si se tiene un poco de tiempo, ya que la carretera está llena de socavones y el paisaje dista mucho de las vistas que puede ofrecer el impresionante Blyde River Canyion. Elijamos la ruta que elijamos, la larga distancia entre una gasolinera y otra obliga al viajero a llenar el depósito en cada parada.

El Orpen Rest Camp consiste en una decena de bungalows, todos con su barbacoa exterior, separado del territorio salvaje con una valla de alambre más bien fina — South African Tourism/Flicker A veces la mejor manera de ver animales es ir a lo salvaje Kruger
El Orpen Rest Camp consiste en una decena de bungalows, todos con su barbacoa exterior, separado del territorio salvaje con una valla de alambre más bien fina – South African Tourism/Flicker


Llegamos a la Orpen Gate al atardecer. El “safari self made” por el cual pagamos un total de 1116 rands (110 euros), incluía una noche de alojamiento en el Orpen Rest Camp y la entrada al parque para el día siguiente. El Orpen Rest Camp consiste en una decena de bungalows, todos con su barbacoa exterior, separado del territorio salvaje con una valla de alambre más bien fina, de las que fijan los contornos de un parque infantil o cualquier aparcamiento.

En el campamento hay un pequeño supermercado al que acudimos en busca de víveres adicionales para esa noche y para la aventura del día siguiente. Los precios del supermercado eran desorbitados y todos los clientes eran afrikáners (sudafricanos blancos, descendientes de colonos holandeses). Por eso salimos de la tienda con sopa de sobre, frutos secos y cerveza. Otro consejo es proveerse de frutas, agua, pan y algo de carne seca antes de llegar al Orpen Rest Camp.

Cayó la noche y bebíamos cerveza en el porche del bungalow, bajo las estrellas, cuando nos dimos cuenta de que éramos los únicos que no estábamos preparando una barbacoa. Los afrikáners, con una cultura cárnica similar a la estadounidense, habían comprado todos los entrecotes de tamaño gigante que se ofertaban en el diminuto supermercado, y estaban disfrutando de una auténtica ceremonia a la brasa, o braai, como ellos la llaman, la noche antes de ir a ver a los leones. Nosotros nos quedamos mirando la frágil valla que nos separaba del parque, esperando a que a las 6 de la mañana, el parque abriera sus puertas.

Las brasas de las barbacoas se apagaban. De pronto oímos un ruido. Nos acercamos a la valla poco a poco y desde la penumbra surgió un elefante  — Alba Muñoz A veces la mejor manera de ver animales es ir a lo salvaje Kruger
Las brasas de las barbacoas se apagaban. De pronto oímos un ruido. Nos acercamos a la valla poco a poco y desde la penumbra surgió un elefante – Alba Muñoz


Al adquirir el pase para el Kruger, los rangers te obsequian con un curioso documento: una gran cartulina con ilustraciones de las especies más importantes, desde el elefante hasta el puercoespín. La idea es que vayas marcando todos los animales que veas a lo largo del safari. Ante todos aquellos seres magníficos, solo cabía sentir una ilusión infantil y mucho escepticismo adulto: nos parecía imposible poder observar todos esos animales en un solo día.

Antes de ir a dormir, fuimos a dar un paseo por los escasos metros arbolados que habían frente a los bungalows. Las brasas de las barbacoas se apagaban. De pronto oímos un ruido. Nos acercamos a la valla poco a poco y desde la penumbra surgió un elefante. Buscaba una salida de agua bajo una farola. Y ahí estaba ese Dios de piel arrugada, a un metro de nosotros, bebiendo, respirando.

Nos sentamos despacio en el suelo, y empecé a llorar. A la mañana siguiente, el parque abrió sus puertas puntual. Aún estaba oscuro. Nada más cruzar la frontera de la civilización con nuestro coche alquilado, vimos el primer ejemplar de los “big five”: un búfalo. Y a los pocos segundos, con la luz del alba despuntando, toda una manada de búfalos cruzaba desde nuestro lado, el lado  civilizado.

Nada más cruzar la frontera de la civilización con nuestro coche alquilado, vimos el primer ejemplar de los “big five”: un búfalo. Y a los pocos segundos, con la luz del alba despuntando, toda una manada de búfalos  — Alba Muñoz A veces la mejor manera de ver animales es ir a lo salvaje Kruger
Nada más cruzar la frontera de la civilización con nuestro coche alquilado, vimos el primer ejemplar de los “big five”: un búfalo. Y a los pocos segundos, con la luz del alba despuntando, toda una manada de búfalos – Alba Muñoz


Comprendimos que para los verdaderos dueños de ese territorio africano, las  ronteras no existían. El Kruger es tan inmenso que hay grandes zonas de su perímetro que no están valladas. Solo la caza legal —fuera de la zona protegida— les ahuyenta de las ciudades.

Seguimos el recorrido con la luz de la mañana. Estábamos rodeados de arena blanca y acacias. Aparecieron las jirafas, los antílopes. En menos de una hora, habíamos visto tantos ejemplares que daba la sensación de que alguien los empujaba en dirección a nuestro polvoriento coche. Pasaron varias horas hasta que coincidimos con otros vehículos.

Prismáticos en mano, nos deteníamos cuando queríamos y observábamos a  uestro alrededor como si fuéramos los protagonistas de Jurassic Park. Una hiena e paró frente a nosotros, nos miró y siguió su camino. De pronto, a lo lejos, vimos que varios matorrales y pequeños árboles se movían, e incluso desaparecían. Paramos en seco: era una manada de elefantes con varias crías. Los adultos iban arrancando enormes ramas y devorándolas a su paso. También vimos un baobab milenario, y junto a una gran charca, hipopótamos, cocodrilos, ñúes, babuinos y gacelas.

 La sequía que atenaza la zona es una de las principales amenazas de la fauna del Kruger, por eso hay algunos puntos donde se habilitan abrevaderos. Es en esos ugares donde las peleas por el agua se convierten en un triste espectáculo por la supervivencia — Shutterstock A veces la mejor manera de ver animales es ir a lo salvaje Kruger
La sequía que atenaza la zona es una de las principales amenazas de la fauna del Kruger, por eso hay algunos puntos donde se habilitan abrevaderos. Es en esos ugares donde las peleas por el agua se convierten en un triste espectáculo por la supervivencia – Shutterstock


Cuando parecía que nada podía superar la jornada, encontramos varios coches y furgonetas atascados en un punto muy concreto de la carretera. Un leopardo dormitaba en una rama, y unos metros más adelante, una leona custodiaba el cadáver de una cebra lleno de moscas.

En el Kruger hay varios miradores donde está permitido bajar del automóvil. Y uno de ellos da a un gran valle de colinas y desfiladeros de tierra roja, con un gran río seco a su paso. La sequía que atenaza la zona es una de las principales amenazas de la fauna del Kruger, por eso hay algunos puntos donde se habilitan abrevaderos. Es en esos lugares donde las peleas por el agua se convierten en un triste espectáculo por la supervivencia.

Llegábamos al final del recorrido cuando un avestruz quiso retar al motor de nuestro coche. Para salir del parque, elegimos el Crocodile Brigde, que como su nombre indica, está construido sobre un río en el que no se recomienda chapotear, y sobre el que hay una espléndida cafetería con vistas.

Así finalizamos nuestro safari “self made”. Vimos a casi todos los grandes mamíferos en un solo día y recorrimos una cuarta parte del parque sin salir de una carretera y los caminos trazados. Sólo nos faltó el guepardo, el perro salvaje y el pacocero. Pudimos deleitarnos con la naturaleza en su estado más salvaje, para seguir amándola y aprendiendo a protegerla.